Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Pero ésta era realmente una casa terrible, llena de fantasmas de odios muertos y corazones rotos, atestada de hechos oscuros que jamás habían conocido la luz y seguían fermentando en sus rincones y escondrijos. Demasiadas mujeres debían de haber llorado allí. El viento gemía entre los abetos junto a la ventana. Durante unos instantes, Ana sintió deseos de echar a correr, a pesar de la tormenta.
Enseguida se controló y sacó a relucir su sentido común. Si habían sucedido cosas terribles y trágicas allí, hacía muchísimos años oscuros, sin duda también debían de haber sucedido cosas divertidas y alegres. Muchachas vivaces y traviesas habían bailado allí y habían intercambiado secretos encantadores; bebés rosados habían nacido allí; había habido bailes, bodas, música y risas. La dama de la tarta esponjosa debió de haber sido una señora hogareña, y el imperdonable Richard, un amante gallardo.
«Pensaré en estas cosas y me iré a dormir. ¡Qué edredón más extraño! Me pregunto si estaré loca como él por la mañana. ¡Y éste es un cuarto de huéspedes! Nunca he olvidado lo emocionante que me parecía dormir en la habitación de huéspedes de cualquier casa».