Ana la de Alamos Ventosos

Ana la de Alamos Ventosos

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Ana se soltó el pelo y se lo cepilló bajo las narices de Anabella Tomgallon, cuyos ojos la contemplaban desde una cara en la que había orgullo y vanidad y algo de la insolencia de la gran belleza. Ana sintió algo extraño al mirarse en el espejo. ¿Quién podía saber qué rostros podían estar observándola desde el otro lado? Todas las damas trágicas y perseguidas que se habían contemplado en él, quizás. Abrió con valentía la puerta del guardarropa, esperando a medias que cayeran varios esqueletos, y colgó el vestido. Se sentó con serenidad sobre una silla rígida (que parecía considerar una ofensa que se sentaran sobre ella) y se quitó los zapatos. Luego se puso el camisón de franela, apagó las velas y se acostó en la cama que, gracias a los ladrillos de Mary, estaba agradablemente tibia. Durante unos minutos, el ruido de la lluvia contra la ventana y el aullido del viento entre las vigas le impidieron conciliar el sueño. Luego olvidó todas las tragedias de los Tomgallon en un pesado sueño que duró hasta que se descubrió contemplando las oscuras ramas de los pinos contra un amanecer rojo.






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