Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Ese misterioso camino rojizo seguía y seguía y sus pies ardían por recorrerlo. ¿Adónde llevaba? A veces, Elizabeth pensaba que estallaría, si no lo averiguaba. Cuando llegara realmente Mañana, tomaría por ese camino y quizás encontraría una isla para ella sola, donde podría vivir con la señorita Shirley, lejos de abuela y la «mujer». Las dos odiaban el agua y por nada del mundo pisarían un barco. La pequeña Elizabeth disfrutaba imaginándose sobre su isla y burlándose de ellas, que permanecerían, furiosas, en tierra firme.
—Esto es Mañana —les diría, provocativa—. Ya no podéis atraparme. Os habéis quedado en Hoy.
¡Qué divertido sería! ¡Cómo disfrutaría al ver la expresión de la «mujer»!
Luego, una tarde de fines de junio, sucedió algo asombroso. La señorita Shirley le había dicho a la señora Campbell que debía hacer algo en la isla Nube Voladora (ir a ver a una tal señora Thompson, que estaba a cargo de la comitiva de refrigerios de las Damas de Caridad) y le pidió permiso para llevar a Elizabeth con ella. La abuela accedió con su habitual acidez… Elizabeth nunca entendía por qué decía que sí, ya que desconocía el horror que sentía cualquier Pringle ante cierta información que poseía la señorita Shirley… Pero le había dado permiso.