Ana la de Alamos Ventosos

Ana la de Alamos Ventosos

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La pequeña Elizabeth odiaba la sombría y magnífica casona, donde todo parecía resultarle desconocido, aunque había vivido allí toda la vida. Pero después de la llegada de la señorita Shirley a Álamos Ventosos, todo había cambiado en forma mágica. La pequeña Elizabeth vivía en un mundo de romance desde la llegada de la señorita Shirley. Había belleza por donde se mirara. Por fortuna, abuela y la «mujer» no podían impedirle mirar, aunque Elizabeth no dudaba de que lo harían, si pudiesen. Los breves paseos por la magia roja del camino al puerto, que tan pocas veces le permitían compartir con la señorita Shirley, eran el foco de luz en su vida opaca. Le encantaba todo lo que veía… el faro distante, pintado con extraños anillos rojos y blancos… las lejanas y borrosas costas… las olas plateadas… las luces que se veían en los atardeceres violáceos… todo le producía tanto placer, que le dolía. ¡Y el puerto, con sus islas brumosas y sus ocasos resplandecientes! Elizabeth siempre subía hasta una ventana del desván para contemplarlos por encima de los árboles… Y los navíos que zarpaban al salir la luna, naves que volvían… o que no volvían nunca. Elizabeth deseaba partir en una de ellas… en un viaje a la Isla de la Felicidad. Los navíos que nunca volvían se quedaban allí, donde era siempre Mañana.



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