Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Elizabeth sabía que la «mandaban». Y la fastidiaba mucho que la «mujer» la tratara en forma despótica. No le gustaba que lo hiciera la abuela, por cierto, pero se podía admitir que quizás una abuela tuviera algún derecho de mandarnos. ¿Pero qué derecho tenía la «mujer»? Elizabeth siempre había querido preguntárselo directamente. Algún día lo haría… cuando llegara Mañana. ¡Y cómo disfrutaría al ver la cara de la «mujer»! La abuela nunca permitía a Elizabeth salir a caminar sola… por temor, decía, a que la raptaran los gitanos. Hacía cuarenta años, eso le había sucedido a una niña. Ya casi nunca venían gitanos a la Isla, y a la pequeña Elizabeth le parecía que era solamente una excusa. ¿Por qué iba a importarle a la abuela que la raptaran? Elizabeth se daba cuenta de que ni su abuela ni «la mujer» la querían. Si casi nunca la llamaban por su nombre; siempre era «la niña». ¡Cómo detestaba Elizabeth que la llamaran «la niña», como podrían haberse referido al «perro» o al «gato», si hubieran tenido uno. Pero cuando Elizabeth se había atrevido a protestar, el rostro de la abuela se había ensombrecido de furia, y la pequeña Elizabeth había sido castigada por impertinente, bajo la satisfecha mirada de la «mujer». La pequeña Elizabeth con frecuencia se preguntaba por qué la odiaría la «mujer». ¿Por qué alguien tenía que odiarla, si era tan pequeña? ¿Acaso se hacía odiar? La pequeña Elizabeth no sabía que su madre (que había muerto al nacer ella) había sido la niña mimada de esa anciana amargada, y si lo hubiera sabido, no hubiera podido comprender qué formas perversas puede tomar el cariño contrariado.