Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Besó la fotografía y volvió a guardarla en su escondite. Luego trepó a la cama y se acurrucó bajo las sábanas, pues la noche de junio estaba fresca y soplaba brisa del mar. De hecho, era más que una brisa. El viento soplaba, aullaba, sacudía y golpeaba, y Elizabeth sabía que el puerto sería una turbulenta extensión de olas bajo la luna. ¡Qué divertido sería verlo de noche! Pero esas cosas se hacían solamente en Mañana. ¿Dónde quedaba Nube Voladora? ¡Qué nombre! Sacado del Mañana. Era enloquecedor estar tan cerca de Mañana y no poder meterse en él. ¿Y si al día siguiente llovía? Elizabeth sabía que no le permitirían ir a ningún lado con lluvia.
Se incorporó en la cama y entrelazó las manos.
—Dios querido —dijo—, no me gusta meterme, pero ¿podrías encargarte de que mañana fuera un bonito día? Por favor, querido Dios.