Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos La tarde siguiente fue una gloria. La pequeña Elizabeth sintió que se había librado de unas cadenas invisibles cuando ella y la señorita Shirley se alejaron de esa casa sombría. Tragó una gran bocanada de libertad, a pesar de que la «mujer» las miraba con furia por el vidrio rojo de la gran puerta principal. ¡Qué hermoso era caminar por el mundo con la señorita Shirley! Era siempre tan lindo estar sola con ella. ¿Qué haría cuando la señorita Shirley se fuera? Pero la pequeña Elizabeth alejó esa idea de su cabeza. No arruinaría la tarde pensando en eso. Tal vez… un gran tal vez… ella y la señorita Shirley pudieran entrar en Mañana esa misma tarde y no separarse nunca más. La pequeña Elizabeth deseaba solamente seguir caminando hacia esa extensión azul al final del mundo, absorbiendo la belleza que la rodeaba. Cada curva ocultaba una nueva hermosura… y el camino serpenteaba interminablemente, siguiendo el curso de un río diminuto que parecía haber aparecido de la nada.
A ambos lados había campos con flores silvestres sobre las que zumbaban las abejas. De tanto en tanto, cruzaban por una vía láctea de margaritas. En la lontananza, el estrecho reía con olas plateadas. El puerto parecía seda mojada. A Elizabeth le gustaba más así que cuando parecía raso celeste. Absorbieron el viento. Era una brisa suave. Ronroneaba alrededor de ellas y parecía impulsarlas hacia adelante.