Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —¿No es fantástico caminar asà con el viento? —preguntó la pequeña Elizabeth.
—Un viento amistoso y perfumado —dijo Ana, más para sà misma que para Elizabeth—. Asà creÃa yo que era el mistral. Mistral suena asÃ. ¡Qué desilusión cuando me enteré de que era un viento fuerte y desagradable!
Elizabeth no comprendÃa del todo (jamás habÃa oÃdo hablar del mistral) pero la música de la voz de su amada señorita Shirley le bastaba. Hasta el cielo estaba alegre. Un marinero con aretes de oro (el tipo de persona que una conocerÃa en Mañana) sonrió al pasar junto a ellas. Elizabeth pensó en un verso de una poesÃa que habÃa aprendido en la escuela dominical: «Las pequeñas colinas se alegran en cada ladera». ¿Acaso el hombre que habÃa escrito eso habÃa visto colinas como las que se elevaban, azules, encima del puerto?
—Creo que este camino lleva directamente a Dios —comentó con expresión soñadora.
—Tal vez —respondió Ana—. Tal vez todos los caminos lleven a Dios, pequeña Elizabeth. Aquà nos desviamos. Debemos cruzar a esa isla. Se llama Nube Voladora.