Ana la de Alamos Ventosos

Ana la de Alamos Ventosos

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Era una preciosa habitación, con flores por todas partes y brisa del mar, que entraba por las ventanas. A Elizabeth le gustaron el espejo sobre la repisa de la chimenea, donde se reflejaba la sala, y la vista del puerto, las colinas y el estrecho.

Súbitamente, entró un hombre en la sala. Elizabeth sintió un instante de pánico y horror. ¿Sería un gitano? No se asemejaba a la idea que tenía ella de los gitanos, pero desde luego, nunca había visto uno. Podría serlo… Con repentina intuición, Elizabeth decidió que no le importaba si la raptaba. Le gustaban sus ojos castaños con arruguitas alrededor, el ondulado pelo oscuro, el mentón cuadrado y la sonrisa. Porque estaba sonriendo.

—Vaya… ¿quién eres? —preguntó.

—Soy… soy yo —respondió Elizabeth, algo agitada.

—Sí, desde luego… tú. Saliste del mar, supongo… o de las dunas… sin nombre conocido entre los mortales.

Elizabeth sintió que se estaba burlando un poquito de ella. Pero no le importaba. Es más, le gustaba. Respondió decorosamente:

—Me llamo Elizabeth Grayson.

Hubo un silencio… un silencio muy extraño. El hombre la miró durante un instante, sin decir nada. Luego la invitó amablemente a sentarse.


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