Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Elizabeth no se habÃa sorprendido en absoluto. ¿Acaso no era esto el Mañana? Además, todavÃa todo le resultaba algo confuso.
—Papá está aquÃ, contigo, cariño. —TenÃa una voz tan encantadora… habÃa que quererla por su voz. Él se inclinó y la besó.
—He venido a buscarte. Nunca más nos separaremos.
La mujer de gorro blanco estaba entrando otra vez. De algún modo, Elizabeth comprendió que lo que tuviera para decir, debÃa decirlo ahora, antes de que ella entrara del todo.
—¿Viviremos juntos?
—Siempre —respondió papá.
—¿Y abuela y la «mujer» vivirán con nosotros?
—No —respondió papá.
El atardecer dorado se apagaba y la enfermera miraba con aire reprobador. Pero a Elizabeth no le importaba.
—Encontré el Mañana —dijo, en el momento en que la enfermera echaba a papá y a la señorita Shirley.
—Encontré un tesoro que no sabÃa que poseÃa —dijo papá, cuando la enfermera cerró la puerta—. Y nunca podré terminar de darle las gracias por esa carta, señorita Shirley.