Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Entonces se acercaron a su cama… la señorita Shirley y el hombre. La señorita Shirley, alta y pálida, como un lirio, con expresión de haber pasado por una experiencia terrible, pero con una especie de brillo interior… un brillo que parecÃa parte de la luz dorada del atardecer que de pronto inundaba la habitación. El hombre le sonreÃa. Elizabeth sintió que la querÃa mucho y que habÃa un secreto tierno y valioso, entre ambos, del que se enterarÃa en cuanto aprendiera a hablar el idioma de Mañana.
—¿Te sientes mejor, tesoro? —preguntó la señorita Shirley.
—¿Estoy enferma?
—Unos caballos descontrolados que tiraban de un carro te derribaron en el camino —explicó la señorita Shirley—. Yo… no me movà con suficiente rapidez. Creà que habÃas muerto. Te traje directamente aquà en el bote y tu… y este caballero llamó a un médico y a una enfermera.
—¿Me voy a morir? —preguntó la pequeña Elizabeth.
—No, tesoro, en absoluto. Solamente quedaste aturdida y estarás bien muy pronto. Elizabeth, querida, éste es tu padre.
—Papá está en Francia. ¿Yo también estoy en Francia?