Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Yo… yo hice algo más hoy —siguió Davy en voz baja—. Ahora lo siento, pero tengo muchÃsimo miedo de decÃrtelo. ¿No te enfadarás mucho? ¿Y no se lo dirás a Marilla?
—No sé, Davy, quizá deba decÃrselo. Pero creo que puedo prometerte no hacerlo si tú me das tu palabra de que nunca lo volverás a hacer.
—No, no lo haré más. De cualquier manera, no es probable que encuentre otro este año. Éste lo hallé en los escalones del sótano.
—Davy, ¿qué es lo que has hecho?
—Puse un sapo en la cama de Marilla. Puedes ir y sacarlo si quieres. Pero dime, Ana, ¿no serÃa gracioso dejarlo allÃ?
—¡Davy Keith! —Ana se escapó de entre los brazos del niño y atravesó el vestÃbulo corriendo rumbo al dormitorio de Marilla. La cama se encontraba ligeramente arrugada. Retiró las sábanas rápidamente y apareció el sapo observándola parpadeante, debajo de una almohada.