Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Ana hizo sola los honores de la mesa, mientras Marilla vestía nuevamente a Dora con sus antiguas ropas. Davy fue atrapado y enviado a la cama sin cenar. Ana fue a su habitación al caer la tarde y le habló seriamente. Éste era un método que le merecía mucha fe, aunque no justificado por completo por los resultados. Le dijo que se sentía muy avergonzada por su conducta.

—También yo lo estoy ahora —admitió Davy—, pero lo malo es que siempre siento las cosas después de haberlas hecho. Dora no me ayudó a jugar con el barro porque tenía miedo de ensuciarse y eso me hizo enfadar. Supongo que Paul Irving no hubiera hecho caminar a su hermana por la cerca de la pocilga si hubiera sabido que se caería.

—No, ni siquiera lo hubiera soñado. Paul es un perfecto caballerito.

Davy cerró fuertemente los ojos y pareció pensarlo un rato. Entonces echó sus brazos al cuello de Ana, hundiendo su carita arrebolada en el hombro de la muchacha.

—Ana, ¿no me quieres un poquito, aunque no sea tan bueno como Paul?

—Sí —dijo Ana sinceramente. Le era imposible no querer a Davy—. Pero te querría más si no fueses tan malo.


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