Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Cuando Ana fue a avisar a los invitados que el té estaba preparado, no halló a Dora en la sala. La señora de Jasper Bell dijo que Davy la había llamado desde la puerta. Una rápida consulta con Marilla en la despensa dio como resultado la decisión de hacer tomar el té juntos, más tarde, a ambos niños.

El té estaba casi concluido cuando el comedor fue invadido por una desesperada figura. Marilla y Ana miraron con desmayo y las visitantes con sorpresa. ¿Podría eso ser Dora, esa cosa indescriptible y llorosa con un vestido empapado y goteante y unos cabellos desde los que caía el agua sobre la nueva alfombra de Marilla?

—Dora, ¿qué te ha ocurrido? —gritó Ana, echando una mirada culpable a la señora de Jasper Bell, de quien se decía que su familia era la única en el mundo a la que nunca ocurrían accidentes.

—Davy me hizo caminar por la cerca de la pocilga —lloriqueó Dora—. Yo no quería, pero él me llamó miedosa y me caí en la pocilga y se me ensució el vestido y el cerdo se me echó encima. Mi vestido estaba horrible, pero Davy dijo que si me ponía bajo la bomba, el agua me limpiaría y yo me puse allí y él bombeó, pero el vestido no está limpio y mi faja y mis zapatos están echados a perder.


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