Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Supongo —dijo reflexivamente— que Paul Irving no hubiera dejado caer una oruga en el cuello de una niña estando en la iglesia; ¿no es así?

—Desde luego que no —dijo Ana, tristemente.

—Bueno, entonces siento un poco haberlo hecho —concedió Davy—. Pero era una bonita oruga… la cogí en los escalones de la capilla cuando entramos. Me daba pena que se perdiera. Dime, ¿no era divertido oír gritar a esa nena?

La Sociedad de Ayuda se reunió el martes por la tarde en «Tejas Verdes». Ana se apresuró a regresar a casa desde la escuela, pues sabía que Marilla necesitaría cuanta ayuda pudiera darle. Dora, pulcra y correcta, con su vestido blanco bien almidonado y una faja negra, estaba sentada en la sala con los miembros de la Sociedad; respondía formalmente cuando le hablaban, y se quedaba callada cuando no, y en todo momento se comportaba como una niña modelo. Davy, horriblemente sucio, estaba en el establo jugando con barro.

—Le dije que podía hacerlo —dijo Marilla apesadumbrada—. Pensé que así no haría algo peor. De esa forma sólo se ensucia. Terminaremos de tomar el té antes de llamarle para que tome el suyo. Dora puede estar con nosotras, pero jamás me atrevería a dejar sentar a la mesa a Davy con toda esta gente aquí.


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