Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Davy echó mano a su faltriquera y extrajo… una oruga, peluda y serpenteante. Marilla le vio y quiso detenerle, pero era demasiado tarde. Davy la dejó caer en el cuello de Lauretta.
En mitad del sermón del señor Alian se oyeron unos gritos desgarradores. El ministro se detuvo sorprendido y abrió los ojos. Todas las cabezas de la congregación se alzaron. Lauretta White bailaba una especie de danza en su banco, rascándose frenéticamente la espalda.
—¡Oh, mami… mamita… Oh… sácala… oh… sácala… oh… ese nene malo me la puso en el cuello… oh… mami… está cada vez más abajo… oh… oh…!
La señora White se puso en pie y con cara rÃgida sacó a la histérica Lauretta de la iglesia. Sus gritos se perdieron en la distancia y el señor Alian continuó con el sermón. Pero todos tuvieron la sensación de que aquello habÃa fracasado. Por primera vez en su vida, Marilla no siguió el texto y Ana se sentó con las mejillas arreboladas por la mortificación.
Cuando regresaron a casa, Marilla acostó a Davy y le obligó a quedarse asà todo el dÃa. No le dio comida alguna, excepto té con pan y mantequilla. Ana se lo sirvió y se sentó tristemente a su lado, mientras él comÃa con aspecto poco arrepentido. Pero la mirada de reproche de Ana le turbaba.