Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Davy vivía en «Tejas Verdes» desde hacía poco más de cuarenta y ocho horas, pero ya adoraba a Ana; y odiaba a Paul Irving desde que oyera a Ana alabarle con entusiasmo al día siguiente de su llegada. Si Paul Irving se lavaba todos los días, eso arreglaba el asunto. Él, Davy Keith, lo haría también, aunque se muriera. La misma consideración lo hizo someterse mansamente a otros detalles del arreglo personal y, cuando todo hubo terminado, parecía un chico guapo. Ana casi sintió orgullo maternal cuando le condujo al viejo banco de los Cuthbert.
Davy se comportó bastante bien al comienzo, ocupado en mirar de reojo a los pequeños y en descubrir cuál era Paul Irving. Los dos primeros himnos y el primer Evangelio pasaron sin novedad. El señor Alian se hallaba predicando cuando se produjo la hecatombe.
Lauretta White estaba sentada delante de Davy, con la cabeza ligeramente inclinada y el cabello que caía en dos largas trenzas, entre las cuales se veía la tentadora línea de su blanco cuello, rodeado de encaje. Lauretta era una niña de ocho años, regordeta y de aspecto plácido, que se conducía irreprochablemente en la iglesia ya desde el primer día en que su madre la llevó, cuando tenía sólo seis meses.