Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea En los años que siguieron, Marilla no pudo pensar en aquella primera semana de la estancia de los mellizos sin echarse a temblar. En realidad, no fue peor que las que siguieron, pero le pareció así en razón de la novedad. Apenas había un momento del día en que Davy no estuviera portándose mal o planeando hacerlo, pero su primera hazaña notable ocurrió dos días después de su llegada, un domingo por la mañana, un día hermoso y cálido, como si fuera de septiembre. Ana le vistió para ir a la iglesia mientras Marilla arreglaba a Dora. Davy al comienzo protestó enérgicamente por tener que lavarse la cara.
—Marilla la lavó ayer, y la señora Wiggins me fregó con jabón duro el día del funeral. Es bastante para una semana. No veo la ventaja de estar tan limpio. Es muchísimo más cómodo estar sucio.
—Paul Irving se lava la cara todos los días por su propia voluntad —dijo Ana astutamente.