Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Los mellizos no se parecÃan mucho, aunque ambos eran rubios. Dora tenÃa largos y suaves rizos, siempre arreglados. Davy poseÃa unos indomables cabellos rubios. Los ojos castaños de Dora eran suaves y dulces; los de Davy, tan inquietos como los de un trasgo. La nariz de Dora era recta; la de su hermano, positivamente chata. La boca de Dora era «fruncida»; la de Davy, toda sonrisas y, además, tenÃa un hoyuelo en una sola mejilla, lo que le daba un aspecto cómico cuando reÃa. AlegrÃa y travesuras danzaban en los rincones de su boca.
—Será mejor que os acostéis —dijo Marilla, que pensaba que ésa era la mejor forma de deshacerse de ellos—. Dora dormirá conmigo y tú puedes poner a Davy en la buhardilla del oeste. ¿Tú no tienes miedo de dormir solo, Davy?
—No, pero no pienso ir a dormir hasta dentro de un rato.
—Oh, ya lo creo que sÃ.
Eso fue cuanto dijo la sufrida Marilla, pero en su tono habÃa algo que hizo callar al mismo Davy. El pequeño subió obediente con Ana.
—Cuando sea grande, lo primero que haré será estar levantado toda la noche para ver qué ocurre —le dijo en tono confidencial.