Ana, la de Avonlea

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—Pero es que no se puede dejar de tener en cuenta. Y no ayuda en nada el hecho de que sea un hábito. ¿Qué pensaría usted de una persona que anduviera pinchando a la gente con agujas y alfileres y diciendo «Perdóneme, no haga caso… es simplemente una costumbre mía», creería que está loco, ¿no es cierto? Y en cuanto a que la señora Lynde es una entrometida, puede que sí. ¿Pero le ha dicho usted que tiene un gran corazón, que siempre ayuda a los pobres y que nunca dice una palabra cuando Timothy Cortón le roba una escudilla de manteca y le dice a su esposa que la ha comprado? La señora Cortón protestó la primera vez que se encontraron diciendo que sabía a nabos y la señora Lynde sólo le dijo que lamentaba mucho que hubiera salido tan mala.

—Supongo que tiene algunas cualidades —concedió el señor Harrison de mala gana—. La mayoría de las personas las tienen. Hasta yo mismo, aunque no lo parezca. Pero de cualquier modo, no voy a dar nada para la alfombra. Me parece que aquí la gente está siempre pidiendo dinero. ¿Qué tal va su proyecto de pintar el edificio?

—Estupendamente. Tuvimos una reunión de la S. F. A. el viernes por la noche y nos encontramos con que tenemos suficiente dinero para pintar el edificio y también para retejar el techo. La mayoría de las personas contribuyeron generosamente, señor Harrison.


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