Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —No importa, Ana; la mayorÃa de las pinturas se ponen cada vez más feas, pero ese azul es tan feo desde el principio, que puede que se ponga mejor cuando se decolore con el tiempo. Y el techo está muy bien retejado y pintado. Ahora, la gente podrá sentarse en el salón cuando llueva sin temor a las goteras. De cualquier modo, habéis conseguido muchÃsimo.
—Pero el edificio azul de Avonlea será objeto de burlas en todos los pueblos vecinos de ahora en adelante —dijo Ana amargamente.
Y debe confesarse que asà fue.