Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Tendrán que pagarle —les dijo Peter—. No pueden hacerlo responsable por el error desde el momento en que él sostiene que nunca se le dijo de qué color era la pintura sino que le entregaron los botes y se le encomendó la tarea. Pero es una terrible vergüenza y ese edificio realmente está espantoso.
Los desgraciados «fomentadores» pensaban que la gente de Avonlea tendrÃa más prejuicios que nunca en su contra, pero en cambio, la simpatÃa pública se volcó en su favor. La gente pensó en el vehemente y entusiasta grupo que habÃa trabajado tan duro por llevar a cabo un proyecto tan mal terminado. La señora Lynde les dijo que siguieran adelante y demostraran a los Pye que realmente habÃa gente en el mundo que podÃa hacer las cosas sin equivocarse. El señor Major Spencer les mandó decir que sacarÃa todos los troncos que habÃa a lo largo del camino frente a su granja y lo cubrirÃa de césped, a sus propias expensas. Y la señora de Hiram Sloane fue un dÃa a la escuela y llamó a Ana misteriosamente al vestÃbulo, para decirle que si la «sociedad» querÃa plantar geranios en el cruce de los caminos para la primavera, no debÃan preocuparse por su vaca, pues ella se encargarÃa de que el vagabundo animal se mantuviera dentro de los lÃmites convenientes. Hasta el señor Harrison rió en privado si es que a eso se le podÃa llamar risa, pero aparentemente era todo simpatÃa.