Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Aquella noche reinó la consternación en las casas de Avonlea donde vivía algún «fomentador». La tristeza en «Tejas Verdes» era tan intensa que incluso sosegó a Davy. Ana lloraba sin consuelo.
—Debo llorar, aun cuando casi tenga diecisiete años, Marilla —gimió—. Es tan mortificante. Y es el toque de difuntos para nuestra sociedad. Seremos el hazmerreír de todo el pueblo.
Sin embargo, en la vida, como en los sueños, las cosas a menudo suceden al contrario. La gente de Avonlea no se rió; se enfadó muchísimo. Habían puesto su dinero para pintar el edificio y consecuentemente se sentían terriblemente agraviados por el error. La indignación popular se centralizó en los Pye. Roger Pye y John Andrew habían estropeado el asunto entre los dos; y en cuanto a Joshua Pye, debía ser tonto de nacimiento para no sospechar que había algún error cuando abrió las latas y vio el color de la pintura. Ante estas críticas, Joshua Pye replicó que el gusto de Avonlea en cuanto a colores no era asunto suyo, cualquiera fuera su opinión al respecto; que él había sido contratado para pintar, no para discutir sobre el color, y que estaba decidido a cobrar por su trabajo. Los «fomentadores» le pagaron con amargura en el corazón después de haber consultado al señor Peter Sloane, que era juez de Paz.