Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —¡Qué hermoso ha sido este mes de noviembre! —dijo Ana, que no se habÃa librado del todo de su infantil costumbre de hablar sola—. Noviembre es generalmente un mes tan desagradable; es como si el año se diera cuenta de improviso de que se está volviendo viejo y se pusiera a llorar. Este año envejeció grácilmente, igual que una augusta anciana que sabe que puede ser encantadora a pesar de sus cabellos grises y de sus arrugas. Hemos tenido hermosos dÃas y deliciosos crepúsculos. Estos últimos quince dÃas han sido muy pacÃficos y hasta Davy se ha portado casi bien. Creo que está progresando mucho. Qué tranquilos están hoy los bosques… sin un murmullo excepto el susurrar del viento entre las copas. Parece como resaca en una playa lejana. ¡Qué bellos son los bosques! ¡Hermosos árboles, os amo a cada uno de vosotros como si fuerais un amigo!
Ana se detuvo para abrazar un abedul y besar su corteza. Diana, que la vio al dar la vuelta al sendero, rió.
—Ana Shirley, tú pretendes hacernos creer que has crecido. Creo que cuando estás sola eres tan infantil como antes.