Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Bueno, uno no puede librarse de improviso de la costumbre de ser niña —dijo Ana alegre—. He sido niña durante catorce años y llevo apenas tres de persona mayor. Creo que siempre me sentiré niña en los bosques. Estos paseos a casa desde el colegio son casi el único momento para soñar, exceptuando esa media hora más o menos antes de dormir. Estoy tan atareada enseñando, estudiando y ayudando a Marilla con los mellizos, que no tengo otro momento para la imaginación. Tú no sabes qué espléndidas aventuras tengo durante un rato después de acostarme, cada noche. Siempre imagino que soy alguien muy brillante, espléndido y triunfador… una gran prima donna o una enfermera de la Cruz Roja, o una reina. Anoche fui una reina. Se puede tener toda la diversión sin los respectivos inconvenientes y se puede dejar de ser una reina cuando se desea, cosa que no ocurre en la vida real. Pero aquí, en los bosques, prefiero imaginar cosas bastante distintas. Soy una dríada que vive en un viejo pino o un pequeño duende del bosque que se oculta bajo una hoja arrugada. Ese abedul que me viste besar es una hermana mía. La única diferencia es que ella es un árbol y yo un ser humano, pero la desigualdad no es muy grande. ¿A dónde ibas, Diana?

—A casa de los Dickson. Prometí a Alberta que la ayudaría a cortar su nuevo vestido. ¿Puedes ir allí más tarde y acompañarme de regreso a casa, Ana?


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