Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Creo que lo más difícil dentro de la enseñanza, así como lo más interesante, es conseguir que los niños te confíen sus verdaderas impresiones sobre las cosas. Un día de tormenta la semana pasada, los reuní a mi alrededor a la hora del almuerzo y traté de que conversaran como si yo fuera uno de ellos. Les pedí que me hablaran de sus principales deseos. Algunas de las respuestas fueron bastante vulgares: muñecas, caballitos, patines. Otras resultaron decididamente originales. Hester Boulter quería usar el vestido de los domingos todos los días y comer en la sala. Hannah Bell deseaba ser buena sin tener que preocuparse por conseguirlo. Marjory White, que tiene diez años, quería ser viuda. Al preguntarle el porqué, respondió gravemente que si una no se casa la gente la llama solterona, y si lo hace, el marido la manda, pero siendo viuda no hay peligro ni de una cosa ni de la otra. El deseo más notable fue el de Sally Bell: ¡quería una luna de miel! Le pregunté si sabía lo que significaba y dijo que le parecía que era una bicicleta muy bonita, porque su primo de Montreal salió en «luna de miel» cuando se casó y siempre había tenido la última novedad en bicicletas.