Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Otro día les pedí que me contaran la travesura más terrible que hubieran cometido. No pude conseguir que los más grandes lo hicieran, pero los de tercer grado contestaron con toda franqueza. ¡Eliza Bell había prendido fuego al fajo de tarjetas de su tía! Al preguntarle si había tenido intenciones de hacerlo, respondió: «No a todas. Sólo quería quemar un pedacito para ver cómo ardía y en un momento todo el paquete se convirtió en una hoguera». Emerson Gillis había gastado en caramelos diez centavos que debía haber guardado para la colecta de la Misión. El peor crimen de Annetta Bell fue comer unas peras azules que crecían en el cementerio. Willie White se había deslizado por el tejado del establo un montón de veces con los pantalones de los domingos. «Pero me castigaron haciéndome llevar los pantalones remendados a la Escuela Dominical durante todo el verano, y cuando a uno lo castigan por algo no hay que arrepentirse», declaró Willie.