Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —No hay posibilidad de que salga, a menos que haga pedazos la cerca —reflexionó—. Ahora parece bastante tranquila. Me atreverÃa a decir que la avena le ha sentado mal. Ojalá la hubiera vendido al señor Shearer cuando me la pidió la semana pasada, pero me pareció mejor esperar a la subasta, asà se van todas juntas. Creo que es verdad que el señor Harrison es un maniático. Por cierto que en él no hay nada de alma gemela.
Ana siempre estaba al acecho de almas gemelas.
Marilla Cuthbert llegaba al corral con el coche en el momento en que Ana regresaba de la casa y la muchacha corrió a preparar el té. Discutieron el asunto en la mesa.