Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea En esos momentos habÃa algo más rojo, además del cabello de Ana, que como sabemos era su punto débil.
—Prefiero tener el cabello rojo a no tener nada más que una lÃnea alrededor de las orejas —contestó.
El tiro dio en el blanco, pues el señor Harrison era muy sensible a su calvicie. La ira le dominó otra vez y sólo atinó a contemplar mudo a Ana, quien recobró su tranquilidad y aprovechó la ventaja.
—Le puedo perdonar, señor Harrison, porque tengo imaginación. Puedo imaginar cuán doloroso es hallar una vaca en su avena y no le guardaré rencor por lo que ha dicho. Le prometo que Dolly nunca más volverá a entrar en su campo. Le doy mi palabra de honor.
—Bueno, cuÃdese si no ocurre asà —murmuró el señor Harrison en un tono algo más suave. Pero partió airado y Ana siguió oyendo sus protestas hasta que se perdió en la distancia.
Con la mente tristemente turbada, Ana cruzó el campo y encerró a Dolly.