Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Si se refiere a la señorita Marilla Cuthbert, ella no es mi tÃa, y se ha ido a East Grafton para ver a un pariente lejano que está muy enfermo —dijo Ana, con el debido aumento de dignidad en cada palabra—. Siento mucho que mi vaca haya irrumpido en su avena; es mi vaca y no de la señorita Cuthbert. Matthew me la regaló hace tres años cuando era ternera y se la compró al señor Bell.
—… ¡Que lo siente mucho! El sentirlo mucho no arregla nada. Vaya a ver los estragos que ha hecho su vaca en mi avena; la ha pisoteado toda.
—Lo siento muchÃsimo —repitió firmemente Ana—, pero quizás si usted conservara su cerca en mejor estado, Dolly no hubiera podido pasar. Es su parte de la cerca divisoria la que separa nuestros prados de su avena y el otro dÃa noté que no estaba en muy buenas condiciones.
—Mi cerca está bien —gruñó el señor Harrison, más enfadado que nunca ante esta entrada del enemigo en su propio terreno—. La reja de una cárcel serÃa inútil para mantener fuera a ese demonio de vaca. Y le digo, pelirroja insignificante, que si esa vaca es suya, como dice, mejor harÃa usted en cuidar que no pisotee el grano de los demás en lugar de estar leyendo noveluchas amarillas —concluyó echando una mirada al inocente Virgilio forrado de canela que estaba a los pies de Ana.