Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Esto no lo voy a aguantar —estalló— ni un solo dÃa más, ¿me oye, señorita? Por mi alma, es la tercera vez, señorita… ¡la tercera vez! Advertà a su tÃa que no volviera a ocurrir… y ella la dejó… ella hizo… Qué quiere decir esto es lo que me gustarÃa saber y por eso estoy aquÃ, señorita.
—¿Me hace el favor de explicar qué es lo que ocurre? —preguntó Ana con su acento más digno. Lo habÃa estado practicando a menudo últimamente, para tenerlo bien ensayado cuando comenzaran las clases nuevamente. Pero el acento pareció no producir efecto sobre el airado señor Harrison.
—¿Qué ocurre, señorita? Ya lo creo que ocurre algo. Lo que ocurre, señorita, es que he vuelto a encontrar la vaca de su tÃa entre mi avena, no hace ni media hora. Es la tercera vez. FÃjese: la encontré el último martes y otra vez ayer. Vine a decirle a su tÃa que no debÃa volver a ocurrir. Y ella ha dejado que ocurriera. ¿Dónde está su tÃa, señorita? Quisiera encontrarla para decirle lo que pienso… lo que piensa J. A. Harrison.