Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Y para colmo, el señor Harrison criaba una cotorra llamada Ginger. Nadie en Avonlea habÃa criado hasta entonces una cotorra; en consecuencia, el hecho fue considerado como muy poco respetable. ¡Y además, qué clase de cotorra! Si se le hacÃa caso a John Henry Cárter, no habÃa pájaro más hereje. Juraba terriblemente. La señora Cárter hubiera retirado inmediatamente a su hijo si hubiera estado segura de conseguir en seguida otra ocupación para él. Además, Ginger le habÃa arrancado un trozo de cuello a John Henry, un dÃa que se acercó a la jaula más de lo debido. La señora Cárter mostraba la marca a todo el mundo cuando el infortunado pequeño regresaba los domingos a casa.
Todas estas cosas cruzaron la mente de Ana cuando el señor Harrison estaba de pie ante ella, al parecer mudo de ira. Aun en un estado más amigable, no se podÃa considerar al señor Harrison como a un hombre atractivo; era bajo de estatura, gordo y calvo; y ahora con su redonda cara enrojecida por la ira, con prominentes ojos azules que casi se salÃan de las órbitas, le pareció a Ana la persona más fea que jamás viera. De pronto, el señor Harrison recuperó el habla.