Ana, la de Avonlea

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Otra vez el señor Harrison se portó con tacañería. Cuando se le pidió que contribuyera para pagar el sueldo del reverendo Alian, dijo que esperaría a ver cuántos dólares de bondad sacaba de su prédica… Él no creía en eso de comprar las cosas a ciegas. Y cuando la señora Lynde fue a pedirle una contribución, y de paso a echar una mirada a la casa, le dijo que había más de pagano en las habladurías de las viejas de Avonlea que en cualquier otra parte que conociera y que con muchísimo gusto contribuiría a sufragar la misión de cristianizarlas, si ella se hacía cargo de la labor. La señora Rachel Lynde salió airada diciendo que era una suerte que la pobre señora Bell estuviera en su tumba, pues le hubiera roto el corazón ver el estado de la casa de la que tanto se enorgulleciera.

—¡La pobre fregaba el suelo un día sí y otro también —le dijo a Marilla Cuthbert con tono indignado—, y si lo pudiera usted ver ahora! Tuve que alzarme las faldas para poder cruzarlo.






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