Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea En primer lugar, llevaba la casa él solo y había declarado públicamente que no quería en sus posesiones esa tontería que son las mujeres. El sector femenino de Avonlea se vengó mediante horribles historias sobre su cocina y el manejo de la casa. Él había tomado a su servicio al pequeño John Henry Cárter de White Sands y éste fue quien dio pie a las habladurías. En primer lugar, jamás había hora fija para comer. Éste «comía un bocado» cuando sentía hambre y si John Henry estaba a mano en la ocasión, se acercaba a tomar su parte; pero si no lo estaba, debía esperar hasta el próximo momento de hambre del señor Harrison. El pequeño declaró tristemente que se hubiera muerto de hambre de no haber ido a su casa los domingos, y hartarse allí, y gracias también a que su madre le daba una cesta de comida para que llevara de vuelta consigo los lunes por la mañana.
En lo que se refería a fregar los platos, el señor Harrison nunca hacía la intentona de llevarlo a cabo a menos que llegara un domingo lluvioso; entonces los lavaba todos juntos en el barril del agua de lluvia y los dejaba allí hasta que se secaran.