Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Saltó la empalizada sin esperar a abrir la puerta y se puso frente a la sorprendida Ana, que se había puesto en pie de un salto y le contemplaba algo perpleja. El señor Harrison era su nuevo vecino y ella nunca se lo había encontrado cara a cara antes, aunque lo había visto de lejos un par de veces.
A principios de abril, antes de que Ana regresara de la Academia de la Reina, el señor Robert Bell había vendido su granja que lindaba con la hacienda de los Cuthbert por el oeste, y se había mudado a Charlottetown. Su granja había sido comprada por un cierto J. A. Harrison cuyo nombre, junto con el hecho de que era originario de Nueva Brunswick, era todo cuanto se sabía de él. Pero antes de cumplir su primer mes en Avonlea se había ganado la reputación de ser un hombre raro, un «maniático», como dijera la señora Rachel Lynde. La señora Rachel era, por cierto, una mujer que hablaba de más, como recordarán aquellos que ya la conocen. El señor Harrison era distinto de las otras gentes y ésa era la característica esencial de un maniático, como todo el mundo sabe.