Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Hablando con franqueza, si se miraba la cruda realidad (cosa que, debemos confesar, Ana hacía muy pocas veces, y sólo por obligación), no parecía haber material muy prometedor para celebridades en la escuela de Avonlea; pero no se puede decir qué puede pasar si una maestra emplea para bien su influencia. Ana poseía ciertas ideas rosas sobre qué podía llegar a hacer una maestra sólo con tomar por el camino correcto e imaginaba una escena, que ocurriría cuarenta años más adelante, con un famoso personaje, la razón exacta de su fama era dejada en una conveniente oscuridad; pero Ana pensaba que sería muy hermoso que se tratara del rector de una universidad o de un primer ministro del Canadá, quien hacía una gran reverencia frente a sus arrugadas manos y le aseguraba que ella fue quien alentara por vez primera su ambición y que todo su éxito se debía a las lecciones que ella prodigara tanto tiempo atrás en la escuela de Avonlea. Esta placentera visión fue hecha pedazos por una interrupción de lo más desagradable.

Una vaca Jersey apareció corriendo por el sendero y unos segundos más tarde llegó el señor Harrison… si es que «llegar» era el término apropiado para describir su manera de irrumpir.



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