Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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A lo lejos se veían los fondos de las granjas que daban al camino alto de Carmody. Justo delante de ellas, bordeado de hayas y abetos pero abierto hacia el sur, había un pequeño rincón y en él, un jardín o lo que una vez fue jardín. Lo rodeaba un muro de piedra cubierto de hierbas y musgo. A lo largo de la parte oriental, crecía un grupo de cerezos, blanco como una ventisca. Aún había huellas de viejos senderos y una doble hilera de rosales en el medio; pero el resto del terreno era una sábana amarilla y blanca de narcisos que se destacaban con sus etéreos capullos movidos por el viento sobre el fresco césped verde.

—¡Oh, qué hermoso! —exclamaron tres de las muchachas. Ana sólo miraba con elocuente silencio.

—¿Cómo es posible que alguna vez haya habido un jardín aquí? —dijo Priscilla asombrada.

—Debe ser el jardín de Hester Gray —dijo Diana—. He oído a mamá hablar de él, pero nunca lo había visto y no suponía que todavía pudiera existir. ¿Conoces la historia, Ana?

—No, pero el nombre me resulta familiar.


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