Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—¡Por Dios, claro que no! Le dije que allí no pensaríamos para nada en vestidos.

—Oh, yo creo que sí… un poquito —dijo Ana seriamente—. En toda la eternidad habría tiempo de sobra para ello sin descuidar otras cosas más importantes. Yo creo que todos llevaremos hermosos vestidos; o supongo que más bien debería decir túnicas. Primero querría usarlas rosa por unos cuantos siglos; eso me daría tiempo para que me cansara de él, estoy segura. Me gusta tanto el rosa; y nunca podré usarlo en este mundo.

Al pasar los abetos, el camino desembocaba en un pequeño claro bañado por el sol, donde un largo puente cruzaba el arroyo. Luego llegó la gloria de unas hayas iluminadas por el sol, donde el aire era como vino transparente y las hojas frescas y verdes, y el piso, un mosaico de flores y rayos de sol. Después, más cerezos silvestres y un pequeño valle de flexibles abetos, y luego una cuesta, tan empinada que las jóvenes perdieron el aliento al escalarla; pero cuando alcanzaron la cima y miraron al vacío, les aguardaba la más maravillosa de las sorpresas.




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