Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Quisiera que hubiera hadas en realidad —dijo Jane—. ¿No serÃa estupendo que nos concedieran tres deseos… o aunque sea uno? ¿Qué pedirÃais si os concediera un deseo? Yo pedirÃa ser rica, hermosa e inteligente.
—Yo desearÃa ser alta y esbelta —dijo Diana.
—Y yo, ser famosa —expresó Priscilla. Ana pensó en su cabello, pero en seguida consideró que no valÃa la pena.
—Yo pedirÃa que fuera siempre primavera, en nuestro corazón y en nuestra vida —dijo.
—Pero eso —dijo Priscilla— serÃa desear que este mundo fuera como el cielo.
—Sólo como una parte del cielo. En las otras partes serÃa verano y otoño. SÃ, y un poco invierno también. Creo que a veces también querrÃa en el cielo campos brillantes por la nieve blanca. ¿Y tú, Jane?
—Yo…, yo no sé —dijo Jane incómoda. Jane era una buena muchacha, miembro de la iglesia, y que trataba concienzudamente de vivir para su profesión y de creer todo lo que le habÃan enseñado. Pero que, por eso mismo, nunca pensó en el cielo más de lo necesario.
—El otro dÃa Minnie May me preguntó si en el cielo vamos a usar todos los dÃas nuestros mejores vestidos —rió Diana.
—¿Y no le dijiste que s� —preguntó Ana.