Ana, la de Avonlea

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Y «Lago de Cristal» se llamó. Y si Ana pensó que la suerte le había jugado al charco una mala pasada, no lo dijo. Siguieron a través de la vegetación y llegaron a los pastos nuevos de la parte de atrás de la plantación del señor Silas Sloane. Cruzaron éste y se hallaron en la entrada de una senda que iba a parar a los bosques y decidieron explorarla también. Ésta premió su curiosidad con una sucesión de sorpresas. Primero bordearon el campo del señor Sloane y se encontraron con una huerta de cerezas silvestres en flor. Las jovencitas se colgaron los sombreros del brazo y adornaron sus cabezas con los mullidos capullos. Luego el camino dobló en ángulo recto y desembocó en un bosque de abetos tan espeso y oscuro que caminaban en medio de una penumbra como de anochecer, sin un resplandor de cielo o un rayo de sol.

—Aquí es donde viven los duendes malignos del bosque —murmuró Ana—. Son endiablados y maliciosos, pero no pueden hacernos daño porque estamos en primavera. Allí había uno que nos espiaba detrás de aquel ensortijado y viejo abeto, ¿no habéis visto un grupo en aquel gran hongo moteado que acabamos de pasar? Las hadas buenas siempre viven en los lugares soleados.



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