Ana, la de Avonlea

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Pero el baile no tuvo éxito porque el terreno estaba fangoso y a Jane se le salieron los zapatos de goma.

—Una no puede ser ninfa de los bosques si tiene que usar zapatos de goma —afirmó.

—Bueno, debemos bautizar este lugar antes de marcharnos —dijo Ana condescendiendo ante la lógica indiscutible de los hechos.

—Que cada una sugiera un nombre y lo echaremos a suertes. ¿Diana?

—«Laguna de los Abedules» —sugirió ésta rápidamente.

—«Lago de Cristal» —dijo Jane. Ana, de pie, detrás de ellas, imploró a Priscilla con los ojos que no dijera otro nombre de ese estilo, y Priscilla salió del paso con «Vaso Centellante». Y Ana eligió «El espejo de las Hadas».

Los nombres fueron escritos en tiras de corteza de abedul con un lápiz del colegio que Jane llevaba en el bolsillo, y los colocaron dentro del sombrero de Ana. Luego Priscilla cerró los ojos y escogió uno.

—«Lago de Cristal» —leyó Jane triunfalmente.


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