Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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El sendero estaba lleno de recovecos; era tan estrecho que las chicas caminaban en fila india y, así y todo, las ramas de los abetos rozaban sus rostros. Debajo de los árboles había aterciopeladas almohadillas de musgo y más adelante, donde los árboles eran más pequeños y escasos, el terreno mostraba una gran variedad de plantas verdes.

—¡Qué cantidad de «orejas de elefante»! —exclamó Diana—. Voy a recoger un buen ramo. ¡Son tan bonitas!

—¿Cómo es posible que unas flores tan graciosas tengan un nombre tan horrible? —preguntó Priscilla.

—Porque la persona que las vio por primera vez no tenía nada de imaginación, o quizá tenía demasiada —dijo Ana—. ¡Oh, chicas, mirad eso!

Eso era un charco poco profundo que se encontraba en el centro de un pequeño claro al final del camino.

Si la estación hubiera estado más adelantada, se hubiera secado y en su lugar habrían crecido polipodios, pero en ese momento era una brillante y plácida lámina, plana como una bandeja y clara como el cristal. Un anillo de finos y jóvenes abedules la encerraban y pequeños pinos orlaban sus márgenes.

—¡Qué hermoso! —dijo Jane.

—Bailemos alrededor como ninfas de los bosques —gritó Ana y dejó su cesta y extendió las manos.


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