Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Jane, tú estás pensando en algo malo que ocurrió ayer en la escuela.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Jane confundida.

—Oh, conozco la expresión… la he visto a menudo en mi propio rostro. Pero aléjalo de tu mente, querida. Espera hasta el lunes… ¡Oh, chicas, chicas, mirad esa alfombra de violetas! Allí hay algo para la galería de cuadros del recuerdo. Cuando tenga ochenta años, si es que llego, cerraré los ojos y veré las violetas tal como las veo ahora. Es el primer hermoso regalo que nos da nuestro día.

—Si un beso pudiera verse, creo que sería parecido a una violeta —dijo Priscilla.

A Ana le brillaron los ojos.

—Me alegro tanto que hayas expresado ese pensamiento, Priscilla, en vez de pensarlo y guardártelo para ti. Este mundo sería mucho más interesante, aunque es muy interesante, de cualquier modo, si la gente contara sus verdaderos pensamientos.

—Sería muy violento escuchar a algunas personas —dijo Jane cuerdamente.

—Supongo que sí, pero sería su propia culpa por pensar cosas desagradables. De todos modos, hoy podemos expresar todas nuestras ideas porque no vamos a pensar más que cosas hermosas. Todos pueden decir lo que les venga a la mente. Eso es conversar. Aquí hay un pequeño sendero. Explorémoslo.


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