Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Oh, llevaremos zapatos de goma —fue la concesión de Ana a lo práctico—. Y quiero que el sábado vengas temprano y me ayudes a preparar la merienda. Voy a hacer las cosas más exquisitas… cosas que estén de acuerdo con la primavera… pequeñas tortas de jalea, bizcochos, tortitas cubiertas con clara de huevo batido, rosa y amarillo, y pastel de ranúnculo. Y también debemos llevar emparedados, aunque no son muy poéticos.

El sábado se presentó como el día ideal para una excursión. Un día azul, de cálida brisa, sol, y un viento travieso que cruzaba las praderas y las huertas. Sobre cada colina y el campo alumbrado por el sol, se extendía el verde salpicado de flores.

El señor Harrison, que se hallaba trillando en la parte de atrás de su granja y sintiendo aún en su sobrio y maduro espíritu algo de la magia de la primavera, vio cuatro muchachas que llevaban canastas y que saltaban por el límite de su campo, donde había un tupido monte de abedules y pinos. El eco de sus alegres voces y risas, llegó hasta él.

—Es tan fácil ser feliz en un día como éste, ¿no es cierto? —estaba diciendo Ana con verdadera filosofía anística—. Tratemos de que éste sea un verdadero día dorado, chicas, un día que siempre podamos recordar con deleite. Venimos en busca de belleza y nos negamos a ver otra cosa.


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