Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Ana y Marilla cambiaron furtivamente una sonrisa divertida. Pocas cosas en Avonlea podÃan escapársele a la señora Lynde. Aquella misma mañana, Ana habÃa dicho: «Si entrara alguien en su habitación, a medianoche, cerrara la puerta con llave, corriera las cortinillas y estornudara, la señora Lynde dirÃa al dÃa siguiente que estaba muy frÃa la noche».
—Creo que se enfadó mucho —contestó Marilla—. Yo no estaba en casa. Le echó un buen sermón a Ana.
—Me parece un hombre muy desagradable —dijo Ana, con un movimiento ofensivo de su rojiza cabeza.
—Nunca has dicho una verdad más grande —confirmó solemnemente la señora Rachel—. Supe que habrÃa inconvenientes cuando Robert Bell vendió su hacienda a un hombre de Nueva Brunswick, eso es. No sé qué será de Avonlea, con tanta gente nueva. Pronto, ni siquiera estaremos seguros en nuestra propia cama.
—¿Es que vienen más forasteros? —preguntó Marilla.