Ana, la de Avonlea

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—Bueno, de todos modos no se casó con ella y la pobre se ha vuelto muy rara desde entonces, según dicen, viviendo sola en la pequeña casa de piedra a la que llaman la Morada del Eco. Stephen se fue a los Estados Unidos y se dedicó a los negocios con su tía; allí se casó con una yanqui. Nunca volvió a su casa natal, desde entonces, aunque su madre fue a visitarle un par de veces. Su mujer murió hace dos años y él mandó al chico aquí por un tiempo. Tiene diez años y no sé si será un alumno deseable. Nunca se puede aventurar nada sobre esos yanquis.

La señora Lynde contemplaba a todos aquellos que habían tenido la desgracia de nacer fuera de la isla del Príncipe Eduardo, con un decidido aire de duda. Podían ser buenas gentes, desde luego, pero era preferible dudarlo. Tenía una ojeriza especial a los yanquis. Su marido había sido defraudado una vez en diez dólares por un bostoniano y ni los ángeles ni las celebridades, ni poder alguno podría haber convencido a la señora Rachel de que todos los Estados Unidos no eran responsables de ello.





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