Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —La escuela de Avonlea no irá peor por un poco de sangre nueva —dijo Marilla secamente—, y si se parece algo a su padre, será un buen chico. Stephen Irving era el mejor muchacho que viviera por estos lugares, aunque alguno le llamara orgulloso. Creo que la señora Irving estará muy contenta con él. Ha estado muy sola desde que murió su marido.
—Oh, el chico podrá ser bueno, pero será distinto de los niños de Avonlea —dijo la señora Rachel, poniendo punto final al tema. Sus opiniones sobre cualquier persona, lugar o cosa eran siempre consistentes y definitivas.
—¿Qué es eso que he oÃdo de que vas a formar una sociedad de fomento del pueblo, Ana?
—Sólo hablé del tema con mis compañeros en el Club de Debates —dijo Ana ruborizándose—. Les pareció muy bien, al igual que al señor Alian y a su esposa. Muchos pueblos la tienen.
—Bueno, tendréis un sinfÃn de dificultades. Mejor no te metas, Ana, eso es. A la gente no le gusta que la «fomenten».
—Pero no vamos a tratar de «fomentar» a la gente. Es a Avonlea. Hay muchÃsimas cosas que podrÃan hacerse para embellecerla. Por ejemplo, ¿no serÃa una mejora que pudiéramos convencer al señor Levi Boulter de que derribara la vieja casa que hay en sus tierras?