Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Oh, no sé —Ana miró soñadoramente hacia el azul horizonte—. Los ojos de Marilla nunca mejorarán más que ahora, aunque estamos muy agradecidos de que no los pierda por completo. Y luego están los mellizos; en realidad, no creo que su tÃo los mande a buscar nunca. Quizá la universidad me convendrÃa, pero no pienso mucho en ello para no sentirme defraudada.
—Bueno, me gustarÃa verte en la universidad, Ana, pero si no vuelves, no debes sentirte descontenta por ello. En cualquier lado que estemos, hacemos nuestra vida. Después de todo, la universidad sólo puede ayudarnos a hacerla más fácil. Nuestra vida puede ser amplia o angosta, de acuerdo a lo que ponemos en ella, no a lo que obtenemos. La vida es rica aquà y en todas partes, sólo con que aprendamos a abrir nuestros corazones a su riqueza y plenitud.
—Creo que entiendo lo que quiere decir —dijo Ana meditativamente—. Y sé que hay muchas cosas por las que debo estar agradecida… tantas… mi trabajo; Paul Irving; mis queridos mellizos y todos mis amigos. Estoy muy agradecida a la amistad, señora Alian. Embellece tanto la vida.