Ana, la de Avonlea

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—Tonterías, querida, se lo merecía. No has tenido inconvenientes con él desde entonces y ha comenzado a pensar que no hay nadie como tú. Tu bondad ganó su afecto después de que la idea de que «una chica no sirve» fue expulsada de su testaruda mente.

—Puede haberlo merecido, pero la cuestión no está ahí. Si yo hubiera decidido serena y deliberadamente que debía azotarle porque merecía el castigo, no me sentiría como me siento. Pero la verdad señora Alian, es que me enfurecí y por eso le pegué. No pensaba si era justo o injusto. Quizá si él no lo hubiera merecido lo habría hecho igual. Es eso lo que me humilla.

—Bueno, todos cometemos equivocaciones, querida, de manera que olvídalo. Debemos lamentar nuestros errores y aprender de ellos, pero nunca llevarlos con nosotros hacia el futuro. Ahí va Gilbert Blythe en su bicicleta. También vuelve a su casa a pasar las vacaciones, supongo. ¿Cómo les va con sus estudios?

—Bastante bien. Esperamos terminar con Virgilio esta noche. Nos quedan sólo veinte versos. Después, no estudiaremos más hasta septiembre.

—¿Piensas ir a la universidad?


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