Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —SÃ… puedo saborear la palabra como un dulce manjar. Creo que el verano será maravilloso. Por una parte, la señora Morgan vendrá a la isla en julio y Priscilla la traerá aquÃ. Ante ese pensamiento, siento uno de mis viejos «estremecimientos».
—Espero que lo pases bien, Ana. Has trabajado muy duro este año y con provecho.
—Oh, no sé. He adelantado tan poco en tantas cosas. No he hecho lo que me proponÃa cuando empecé a enseñar en el otoño; no he vivido de acuerdo con mis ideales.
—Ninguno de nosotros lo consigue —dijo la señora Alian con un suspiro—. Pero tú sabes lo que dice Lowell, Ana. «No el fracaso, sino los bajos ideales, son el crimen». Debemos tener ideales y tratar de vivir de acuerdo con ellos, aun cuando nunca tengamos éxito. La vida serÃa algo muy triste sin ellos. Con ellos, es grande y magnÃfica. AfÃrmate bien en tus ideales, Ana.
—Lo intentaré. Pero tengo que abandonar la mayorÃa de mis teorÃas —dijo la joven riendo un poco—. Cuando empecé a enseñar, tenÃa la más hermosa colección de teorÃas que pueda imaginarse, pero han ido derrumbándose.
—Hasta la teorÃa del castigo corporal —afirmó la señora Alian.
Ana enrojeció.
—Nunca me perdonaré por golpear a Anthony.